Siempre que me encontraba con un gato me lo llevaba conmigo de camino a casa, quizás con intención de quedármelo, pero sabia que no podría y me resignaba a dejarlo volver a su hogar. Siempre quise un gato pero no lo tuve hasta los quince años, antes de ello solo me contentaba con miras gatos ajenos de conocidos y desconocidos. Me conformaba con ver y hablar con ellos, me miraban desde sus ventanas. Creo que ellos me entendían y trataban de jugar conmigo, pero no duraba mucho, era un extraño en la ventana la personas no lo ven normal.
A pesar de no tener uno conocía muy bien su naturaleza, sabia como entablar un ameno momento con ellos. Tanta ternura excéntrica y una mirada tan profunda hacían de estos animales tan atractivos. Viéndolos caminar por la calles cuando no había algún perro cerca o a la vista, a veces los seguía, mi curiosidad siempre me ganaba. Dormir en el gras de algún jardín, caminar sin vértigo por alguna pared o simplemente sentado sobre la berma, siempre me topaba con uno.
Aquel gato de la ventana, después de un año que regrese de vacaciones y que volvía a pasar por la misma calle, ya no me esperaba. Pase días por esa ventana pero no volvió a haber un gato ahí. Cuando me di cuenta que el gato ya no volvería, llore mientras caminaba a casa. Aquel gato ya no apareció. Lo extrañe lo sentí como si hubiese vivido conmigo. Y así paso con casi todos los gatos que fui conociendo, todos desaparecían.